A los ocho años dejé de sublimar tanto y pasé a la acción (os lo cuento a vosotros porque ésto, mi abuelo no tiene por qué saberlo). Me enamoré por segunda vez y viví la experiencia del primer beso... con personas distintas, claro, ya desde pequeña tenía la mala costumbre de no mezclar el amor (con A de angustia) con el placer.
Pues bien, mi segundo amor, no menos platónico que el primero pero sí más consciente, tenía veinte años, barba de dos días y se rebolcaba en el asiento trasero de su coche con chicas de buena familia, preferentemente. Ya sabéis que el dinero siempre ha sido un buen afrodisíaco.
Como veis, lo nuestro era imposible, su barba y sus barbies se interponían entre nosotros. Recuerdo que, cuando mi prima y yo fuimos deportadas a un campo de concentración de niños hiperactivos (no entiendo por qué, sólo incendiamos un poco la cocina de su madre), él vino a visitarme. Yo me había lesionado jugando al juego de las sillas. Cuando le vi bajar de su coche el corazón me dio un vuelco, ¡venía a verme a mí y sólo a mí! Esta ilusión duró tres segundos y medio, hasta que barbie enfermera descendió del coche y vino a hacerme una revisión rutinaria en la espalda. Inspira, expira, inspira, expira... Y expiró aquel amor platónico (no sufráis, el chico, que actualmente tendrá 40 años, está felizmente casado y ha mezclado sus hormonas para perpetuar la especie).
Por mi parte, me fui de vacaciones a Galicia y allí conocí a dos hermanos encantadores que tenían siete y nueve años. Ambos mostraron un gran interés por mi y rivalizaban por conseguir ser el elegido. Me decanté por el mayor. Nos dimos un beso un buen día después de revolcarnos en el lodo (de manera casta pero sucia). Durante esas vacaciones olvidé mi chaqueta de lana. A veces pienso en ir a buscarla...
De todas formas, pronto esa chaqueta no me habría servido de mucho. Empezó mi metamorfosis. Mi cuerpo empezó a mutar y a los diez años mis hormonas hicieron de las suyas... Pero eso se merece un post entero...


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