martes, 14 de julio de 2009

1.- Todo empezó...




Todo empezó cuando un espermatozoide con un mundo interior muy rico
colonizó uno de los óvulos que mi madre tenía en su haber. Si toda vida es un milagro, podría decirse que la mía mucho más, puesto que mi hermano gemelo era un tumor benigno que acabó con la competencia. Ya no habría más óvulos fecundados con los que jugar en las tardes de verano, ni peleas por el helado más grande ni nada.

Sí, tengo complejo de hija única, sin menospreciar a mi gemelo, que bastantes malestares generó a mi madre (bueno, y a mí, no olvidéis que robaba mi espacio vital). Nueve meses de memorias amnióticas y nueve años de psicoanálisis para superar mi terror al embarazo. Pero, por ahora, sólo soy una bombita de estrógeno que acaba de nacer...

Siempre quise escribir mis memorias... Y postergaba la ocasión, pensando en que debía acumular más experiencias para tener algo que contar. Lo dejaba para la jubilación, pero, dadas las circunstancias actuales de la economía mundial, quizá nunca me jubile... Mejor os lo cuento todo aquí y ahora, que nunca se sabe...

Nazco asustada y con ganas de tener una cuna para mí sola. De hecho, tengo dos cunas, una en casa de mis padres y otra en casa de mis abuelos, mis segundos padres (¿o debería decir primeros?). La jubilación siempre ha sido la oportunidad de los humanos de ejercer su rol como padres de sus nietos, un sinsentido al fín).

A los 18 meses tomo el biberón yo sola (sí, no tengo teta por culpa de mi hermano gemelo) y me duermo sin rechistar una vez saciada. Soy una bebé resiliente y autogestionada. Todos quienes me cuidaron convienen en esto.

Uno de mis primeros recuerdos hormonales tiene que ver con mi complejo de Elektra. Debo confesaros que a los 3 años yo estaba profundamente enamorada de mi abuelo. Él era el hombre más maravilloso de mi vida (mi pobre padre trabajaba demasiado como para poder convertirse en el héroe de mis historias). Recuerdo que hice una manifestación debajo de la mesa de la entrada para reclamar que se quedara a dormir conmigo. No tuve éxito, pero pasé dos inolvidables horas explorando mi nuevo refugio.