miércoles, 26 de agosto de 2009

4.- You'll be a woman soon




Mis hormonas moldearon mi cuerpo antes de que yo pudiera procesar los cambios, curvas peligrosas que me acompañarían de ahí en adelante en la vorágine vital. Recuerdo que la pérdida de mi cuerpo de niña a los 11 años me conmocionó. Sentía envidia de los hombres porque no tenían que pagar con dolor su sexualidad ni debían preocuparse por el cuento de las abejas y las flores.

Porque mis hormonas, a parte de deformar mi cuerpo, se encargaron de hacer que sintiera mi feminidad en lo más profundo de las entrañas. Antes de los 12 años ya estaba diagnosticada de dismenorrea aguda (nombre de enfermedad que sólo se refiere al síntoma, dolor menstrual agudo, y que ignora cualquier tipo de causa). Todo empezó un día que fui a pescar con mi padre y acabé viendo indios apaches a causa de la insolación y los "dolores monstruales".

A los 12 años, mi padre, que debió intoxicarse con algún alimento en mal estado, me dio el mejor consejo de su vida "no te fíes de los hombres, te dejarán embarazada". Aún hay veces que se lo recuerdo, ahora, que él estaría deseando ir a pescar con pequeñas hormonas que dejaran constancia de sus genes en la tierra.

Cuando tuve 14 años huí del colegio de monjas al que iba desde chiquitita (sí, en casa se cagaban en dios cada dos por tres pero yo debía leer sobre el milagro de la trinidad y creérmelo sin la ayuda de ninguna sustancia...) después de experimentar lo que esas devotas mujeres convenieron en llamar "crisis de fe". Sólo expuse en un examen de religión que dios era una metáfora del amor y que no había ningún credo que pudiera considerarse superior a los demás.

Salir de ahí fue como iniciar una nueva vida. Fui al instituto público, donde me demostré a mí misma que podía ser sociable, incluso descubrí que podía tener muchos amigos... Otra gran sorpresa fue ver que no era transparente, y que más de un chico perdía la vista entre mis curvas. Para una intelectual criada en el apartheid, éste fue un gran paso para el inicio de mis exploraciones hormonales... Cuerpo de mujer llamando a bomba de estrógeno, bomba de estrógeno, ¿me recibe?

martes, 4 de agosto de 2009

3.- La metamorfosis




A los ocho años dejé de sublimar tanto y pasé a la acción (os lo cuento a vosotros porque ésto, mi abuelo no tiene por qué saberlo). Me enamoré por segunda vez y viví la experiencia del primer beso... con personas distintas, claro, ya desde pequeña tenía la mala costumbre de no mezclar el amor (con A de angustia) con el placer.

Pues bien, mi segundo amor, no menos platónico que el primero pero sí más consciente, tenía veinte años, barba de dos días y se rebolcaba en el asiento trasero de su coche con chicas de buena familia, preferentemente. Ya sabéis que el dinero siempre ha sido un buen afrodisíaco.

Como veis, lo nuestro era imposible, su barba y sus barbies se interponían entre nosotros. Recuerdo que, cuando mi prima y yo fuimos deportadas a un campo de concentración de niños hiperactivos (no entiendo por qué, sólo incendiamos un poco la cocina de su madre), él vino a visitarme. Yo me había lesionado jugando al juego de las sillas. Cuando le vi bajar de su coche el corazón me dio un vuelco, ¡venía a verme a mí y sólo a mí! Esta ilusión duró tres segundos y medio, hasta que barbie enfermera descendió del coche y vino a hacerme una revisión rutinaria en la espalda. Inspira, expira, inspira, expira... Y expiró aquel amor platónico (no sufráis, el chico, que actualmente tendrá 40 años, está felizmente casado y ha mezclado sus hormonas para perpetuar la especie).

Por mi parte, me fui de vacaciones a Galicia y allí conocí a dos hermanos encantadores que tenían siete y nueve años. Ambos mostraron un gran interés por mi y rivalizaban por conseguir ser el elegido. Me decanté por el mayor. Nos dimos un beso un buen día después de revolcarnos en el lodo (de manera casta pero sucia). Durante esas vacaciones olvidé mi chaqueta de lana. A veces pienso en ir a buscarla...

De todas formas, pronto esa chaqueta no me habría servido de mucho. Empezó mi metamorfosis. Mi cuerpo empezó a mutar y a los diez años mis hormonas hicieron de las suyas... Pero eso se merece un post entero...

lunes, 3 de agosto de 2009

2.- Sublim arte




Sublimarte, idealizarte, crearte. Aprendí a construir con mis manos un mundo a mi medida. Tú me enseñaste a volar pero no me dijiste que eras mortal. ¿Cómo pudiste olvidarte?

Yo te creé y, sin embargo, tú ya existías antes de mi.

A los cinco años una profesora realizada, de las que realmente aman su trabajo, te hizo venir a la escuela para que le aseguraras que era mi mano quien hacía mis dibujos y láminas, que ese era tu legado para mí. La profesora, incrédula y recelosa ante un pensionista con alma de artista, respondió que era imposible y te recomendó que, si te aburrías, buscaras otro entretenimiento, que ya no tenías edad para andarte con chiquilladas.

Lo que gastamos en lápices de colores sólo lo sabemos tú y yo, porque mis compañeros de clase, cachorros entusiastas ante cualquier diferencia, decidieron que eran mágicos y que la mejor solución era la expoliación, es decir, la sustracción sin violencia sobre personas u objetos.

Y ahí empezó mi vida de outsider. La marginación social temprana entre iguales me proporcionó la compañía de un mundo interior muy rico... Pero creo que ya venía de antes eso de intentar traspasar las puertas o, mejor dicho, ni tan siquiera prestarles atención, porque una intelectual, ya se sabe, no puede perder tiempo en las trivialidades de la vida. ¡Qué renacuaja más pedante!

Los psicoanalistas kleinianos dicen que se nos escolariza a los cinco años porque, justo a esa edad, nuestra líbido descubre la "sublim acción". O sea, que dejamos de masturbarnos con el sofá o el agua de la ducha para ser el mejor en matemáticas, la mejor en artes marciales o el más gamberro de la clase. Y claro, a mis estrógenos les dio por pintar, leer y escribir.

martes, 14 de julio de 2009

1.- Todo empezó...




Todo empezó cuando un espermatozoide con un mundo interior muy rico
colonizó uno de los óvulos que mi madre tenía en su haber. Si toda vida es un milagro, podría decirse que la mía mucho más, puesto que mi hermano gemelo era un tumor benigno que acabó con la competencia. Ya no habría más óvulos fecundados con los que jugar en las tardes de verano, ni peleas por el helado más grande ni nada.

Sí, tengo complejo de hija única, sin menospreciar a mi gemelo, que bastantes malestares generó a mi madre (bueno, y a mí, no olvidéis que robaba mi espacio vital). Nueve meses de memorias amnióticas y nueve años de psicoanálisis para superar mi terror al embarazo. Pero, por ahora, sólo soy una bombita de estrógeno que acaba de nacer...

Siempre quise escribir mis memorias... Y postergaba la ocasión, pensando en que debía acumular más experiencias para tener algo que contar. Lo dejaba para la jubilación, pero, dadas las circunstancias actuales de la economía mundial, quizá nunca me jubile... Mejor os lo cuento todo aquí y ahora, que nunca se sabe...

Nazco asustada y con ganas de tener una cuna para mí sola. De hecho, tengo dos cunas, una en casa de mis padres y otra en casa de mis abuelos, mis segundos padres (¿o debería decir primeros?). La jubilación siempre ha sido la oportunidad de los humanos de ejercer su rol como padres de sus nietos, un sinsentido al fín).

A los 18 meses tomo el biberón yo sola (sí, no tengo teta por culpa de mi hermano gemelo) y me duermo sin rechistar una vez saciada. Soy una bebé resiliente y autogestionada. Todos quienes me cuidaron convienen en esto.

Uno de mis primeros recuerdos hormonales tiene que ver con mi complejo de Elektra. Debo confesaros que a los 3 años yo estaba profundamente enamorada de mi abuelo. Él era el hombre más maravilloso de mi vida (mi pobre padre trabajaba demasiado como para poder convertirse en el héroe de mis historias). Recuerdo que hice una manifestación debajo de la mesa de la entrada para reclamar que se quedara a dormir conmigo. No tuve éxito, pero pasé dos inolvidables horas explorando mi nuevo refugio.